Pregón de fiestas de San Jerónimo, 19 de julio, 2026
Pregonero: Juan José Liébana Alcalde
Buenas tardes y gracias por estar aquí en esta ceremonia de inauguración de
las fiestas de San Jerónimo. Gracias en especial a nuestro alcalde D. Manuel Maza,
a Silvia González por ponerse en contacto conmigo y a toda la corporación
municipal por invitarme a dar el pregón en este día en que la selección española de
futbol va a ganar el campeonato del mundo. Gracias a mi familia que se ha reunido
aquí para dar la bienvenida a Elsa, la hija de mi sobrina Isabel y Fernando, que
acaba de cumplir un mes y no ha querido perderse las fiestas de nuestro pueblo, y
gracias a todos los que habéis venido a participar de este pregón, que trataré de
hacer con el cariño y la dignidad que se merecen los habitantes de estos pueblos de
La Peña.
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Yo soy y seré siempre hijo de Santibáñez, y aunque me fui a los 11 años
recién cumplidos y sólo he vuelto de visita o de vacaciones, bastaron los años de
mi infancia para hacerme adicto a nuestro paisaje y a nuestras montañas, porque
como decía D. José Mari, el farmacéutico y antiguo alcalde este pueblo, la sangre
late con más fuerza cuando se respira el aire de la Peña.
Mi infancia se repartió entre Santibáñez pueblo y la Estación. Recuerdo mis
años de la Estación como una etapa feliz de mi vida. No teníamos internet ni
teléfonos móviles, y los niños y las niñas jugábamos al parchís, a las canicas y a
Tres navíos en el mar, mientras en la escuela aprendíamos a leer y escribir con
disciplina castrense, porque como tantas otras ideas que hoy nos parecen obsoletas,
se daba por sentado que la letra con sangre entra. Y no soñábamos con un mundo
mejor, porque no había mejor mundo que el único que conocíamos: el nuestro.
Para los niños que no viajábamos ni teníamos televisión, el barrio de la
Estación era como una gran metrópolis en la que había un poco de todo: zapaterías,
carnicerías, gasolinera, bancos, talleres mecánicos, peluquerías, un cine que se
llamaba El Alcázar, relojería, farmacia, un bodegón de venta y distribución de
vinos, y la tienda de Agapito, que seguramente era pequeña comparada con
Mercadona, pero que yo recuerdo como un gran supermercado… y muchos bares,
más o menos un bar por cada 100 habitantes, contando mujeres y niños.
Los mejores clientes, si mal no recuerdo, eran los trabajadores de la mina,
pues eran ellos los que marcaban la actividad económica y el modo de vida del
pueblo. La filosofía del minero se forjaba día a día en las profundidades de la
tierra; y cuando salían del pozo oscuro a la superficie, se manifestaba como un
impulso irresistible de disfrutar de la vida. Hoy creo que quedan pocos mineros en
la zona, pero benditos sean los que nos dieron riqueza y plantaron en nuestra
conciencia semillas de solidaridad humana y el concepto de la fugacidad de
nuestro existir.
Mis primeros años transcurrieron en Santibáñez pueblo, en la casa de mis
abuelos Julio y Domitila. Julio murió cuando yo era muy niño, así que me acuerdo
más de mi abuela Domitila. Ella era hija del Marqués de la Valdavia, pero ese
secreto se lo llevó a la tumba, o por lo menos a los niños no nos dijeron nada. Su
historia podría ser el argumento de una novela de Galdós. Marqués que deja
embarazada a la empleada doméstica y a quien, para evitar el escándalo, casa con
un buen hombre que la acoge como padre a cambio de algún beneficio.
Repudiada por su padre biológico y, más tarde, desheredada por su padre
ficticio, mi abuela Domitila se convirtió en la imagen viva del amor al prójimo, y
en ella me sigo inspirando para orientar la brújula de mi vida. No dejó que su dolor
se convirtiera en sufrimiento y trabajó sin descanso para mejorar la vida de todos
los que la rodeaban. Porque la nobleza de espíritu no se lleva en la sangre ni en los
títulos sino en las buenas obras y en los sentimientos.
En su humilde casita de Santibáñez vivíamos, además de mis abuelos, mis
padres, mis hermanas y hermanos hasta que nos mudamos a La Estación; mi tía
Estelita, soltera y amante entusiasta de Dios, quien años más tarde moriría
asesinada; y el cura del pueblo hasta que fue trasladado a otra parroquia.
Llevábamos una vida no muy distinta de las familias tradicionales de entonces.
Comíamos juntos a la misma hora, y los domingos y fiestas de guardar, íbamos
todos a misa, porque, además, mi padre era el que tocaba el armonio y dirigía el
coro de la iglesia.
Mi padre, conocido como Pepe el del bodegón, fue un hombre de fe toda su
vida. Sólo un hombre con la fe de mi padre, y sin haber pasado por ninguna
escuela de música, pudo convertirse en organista y director del coro de una iglesia.
Trabajaba aquí al lado en el almacén de vinos de don Andrés y don Clementino, y
la verdad es que no pudieron encontrar mejor empleado para el negocio, pues
además de ser un buen trabajador y un hombre honrado, jamás probó una gota de
alcohol. Amaba a su familia, amaba a Dios y a su Iglesia, y amaba su huerta y sus
animales, gracias a lo cual comíamos pollo los domingos, cuando los pollos de
corral se llamaban sencillamente pollos.
Mi madre, la señora Paz, como tantas otras esposas de aquellos años,
cumplía a la perfección su papel de madre tradicional de una familia cristiana:
tener la casa en orden, atender a su marido, y cuidar a los hijos de ambos. Dio a luz
a 8 hijos, de los cuales sobrevivimos 6. Cuando cantaba, su voz alegraba toda la
casa, pero dejó de cantar cuando su último hijo, mi hermano Antonio, nació con
síndrome de Down y cuando asesinaron a su hermana Estelita, porque cuando te
arrebatan a un ser querido de manera tan infame y violenta, se abre una herida en
tu alma que no se cierra nunca. No obstante, nunca perdió del todo la esperanza de
que encontraran a asesino, y cuando le fallaba la esperanza se armaba de paciencia
para cuidarnos a todos.
Le importaba poco o nada ser nieta del Marqués de la Valdavia. Hasta tal
punto que la primera vez que tuvimos esa conversación con ella, su reacción fue la
siguiente: “¿Yo nieta del Marqués? Pero Domitila es mi madre, ¿no?” Y es que, en
el fondo, cuando nos llega la hora de morir, lo que más nos importa es saber que
nuestra madre es nuestra madre. La mía se llamaba Paz. Y tal como merecía, murió
rodeada y amparada por el amor de sus hijos y nietos. No heredamos el
marquesado que correspondía a mi abuela, pero a mis hermanos y hermanas les
digo que debemos estar orgullosos de la herencia que hemos recibido: Amor,
esperanza, paciencia y fe.
Mis amigos de la infancia y de la escuela eran mi primo Isacín (hoy día
médico jubilado de Cervera), Andresín (el hijo de D. Faustino el practicante, al que
no he visto en 50 o 60 años), Tomasín el del Bar Macho y Colasín, (más tarde don
Nicolás Heras, y siempre Cola, hasta que se nos fue hace unos años dejando un
hueco que todavía se siente). Ya en la adolescencia, también trabé una sólida
amistad con Pedro Ruesga, Gelo el Maestro y Jesús Venancio, hijo de Mario y
Marina.
Las familias de entonces solían tener bastantes más hijos que las de hoy.
Para fomentar la natalidad y el modelo de familia católica que se predicaba desde
los púlpitos, el gobierno daba a las familias numerosas descuentos en los trenes,
prioridad en el acceso a viviendas de protección oficial, y gratuidad en las
matrículas de los centros educativos. así que la escuela estaba llena de niños.
En los años 60 de nuestro pueblo, aparte de la mina o algún negocio familiar,
no había oportunidades de trabajo para tantos hijos, por lo que nuestros padres
tuvieron el buen sentido de mandarnos a estudiar fuera y así prepararnos para el
futuro. Salimos a los 10 u11 años, cargando a las espaldas nuestra maleta sin
ruedas y, en algunos casos, una vocación religiosa que nos habían dicho que
teníamos. Nos repartimos entre los Hermanos Maristas, los Padres Maristas y los
Padres Pasionistas. Yo fui con los Padres Maristas a Aranda de Duero.
No sé muy bien cómo era la vida de mis amigos en sus respectivos colegios,
porque no teníamos teléfono ni WhatsApp para comunicarnos, pero me imagino
que bastante parecida a la de los otros niños de España que nos educamos en
colegios católicos: mucho madrugar, misa con comunión todos los días, dos misas
los domingos y fiestas de guardar, férrea disciplina semejante a la del ejército, con
un horario de clases y estudio que se cumplía a rajatabla, comida escasa, paseos el
fin de semana y mucho deporte.
Vivíamos bastante aislados del mundo exterior, y protegían nuestra
inocencia a base de prohibiciones. No nos dejaban leer ciertos libros que
consideraban pecaminosos, ni tan siquiera tener un transistor para escuchar las
noticias o la música de los conjuntos pop de entonces. Este aislamiento hacía de los
colegios un campo fértil para que de vez en cuando se colara algún abusador con
sotana que se aprovechaba de la inocencia de los niños. No fue mi caso, pero no
faltan víctimas que sufrieron las consecuencias de aquel sistema educativo.
Hay una película de Almodóvar que se titula La mala educación, que refleja
un poco este aspecto de los colegios religiosos de entonces. Él estudió con los
Salesianos, pero veo en su película imágenes que parecen clavadas de mi
experiencia educativa con los Padres Maristas. Fueron años que marcaron
profundamente nuestras vidas, en el caso de Almodóvar de manera bastante
negativa.
No obstante, y a pesar de que Almodóvar tiene buenas razones para renegar
de sus años en el colegio, yo no estoy tan seguro de que hubiéramos recibido una
mejor educación, la buena educación, en un colegio laico, pues aparte de que nos
daban de comer y nos educaban prácticamente gratis, de mi grupo de amigos de la
infancia salimos médicos, profesores, empresarios, un Padre Pasionista… Y
Almodóvar, ya veis o que ha conseguido: es probablemente millonario y el director
de cine español más conocido y admirado en el mundo.
Mi única objeción personal a la educación católica que recibí en aquellos
años, y en esto coincido con Almodóvar, es que, a los adolescentes que, como él y
como yo, estábamos despertando a una sexualidad distinta de la norma, sin saber ni
entender lo que sentíamos, nos enseñaron a amar a Dios a la vez que a odiarnos a
nosotros mismos. Nos dieron una tarea difícil, porque es imposible amar a Dios si
uno no se ama antes a sí mismo. No obstante, y a pesar de la duda que sembraron
en mi mente sobre mi derecho a vivir dignamente y a ser amado, no guardo ningún
resentimiento en mi corazón, porque ya sabemos que guardar rencor es como
beberse una copa de veneno y esperar que se muera tu enemigo. Es más, si de algo
os sirve mi experiencia, os puedo asegurar que no hay mejor venganza que el
perdón.
Con el tiempo, te das cuenta de que por cada muestra de odio o de
ignorancia que te encuentras en algún lugar del mundo, hay un ser humano en otra
parte que está lleno de amor y sabiduría. Yo me he encontrado con muchos. Uno de
ellos, ya habiendo emigrado a EE.UU., fue el Pastor de una Iglesia cristiana de la
ciudad de Washington, a la que acudí por invitación de un amigo que se llamaba
Thomas. Era una de esas iglesias que hemos visto alguna vez en las películas
americanas, donde la inmensa mayoría de los feligreses son afroamericanos que
cantan y bailan y rezan, todo al mismo tiempo.
En el portal de la iglesia estaba el pastor, vestido con sus galas de obispo, un
gigante con unos brazos enormes, que daba la bienvenida a los feligreses con un
apretón de manos. Cuando me vio cruzar el umbral, se acercó a mí y me pidió
permiso para abrazarme. Y, una vez en sus brazos, me susurró al oído el mensaje
que había elegido para mí: “Tú eres el templo de Dios”, me dijo, “y puedo ver al
Dios que habita dentro de ti”. Sus palabras aún resuenan en mis oídos y fueron el
bálsamo que necesitaba para amarme plenamente como Dios me creó. Y no he
vuelto a mirar atrás.
Otro hombre lleno de amor que se ha cruzado en mi camino es Thomas, el
amigo que me invitó a esa iglesia y murió dos años después de una enfermedad en
aquellos tiempos incurable. Thomas tenía la costumbre de despedirse de todos sus
amigos con un abrazo y unas palabras que aún recuerdo cuando necesito recargar
las baterías: “No cambies nunca”, te decía. “Ya eres perfecto.” Eran las mismas
palabras que tenía grabadas en su contestador automático, y yo a veces llamaba
cuando sabía que no estaba en casa sólo para escuchar su mensaje en el
contestador. Y lo seguí haciendo cuando ya estaba muerto, hasta que la compañía
telefónica le cortó el teléfono. Esas palabras de Thomas os las traigo hoy en este
pregón como regalo de fiestas de San Jerónimo. “No cambiéis nunca, ya sois
perfectos.”
Experiencias contrarias también he tenido varias en EE.UU., un país que, a
pesar de un presidente al que prefiero no nombrar, abraza a sus emigrantes y
premia el esfuerzo y el sacrificio, un país que considera la derrota como una
oportunidad para levantarse y seguir buscando ese sueño americano que sigue
atrayendo a numerosas poblaciones del mundo.
Yo llegué en 1979, y me encontré de golpe con el EE.UU. que lleva la
violencia de las armas en sus señas de identidad. No llevaba ni dos meses en
Miami, mi primer destino, cuando a la salida de un concierto, me secuestraron a
punta de pistola tres jóvenes blancos y rubios, me subieron a una camioneta, me
llevaron a una estación de tren abandonada, sacaron de debajo del asiento una
escopeta recortada y me desvalijaron de lo poco que tenía. Con el escaso inglés que
sabía en aquel momento, les supliqué que no me mataran. Y parece que mi ángel
de la guarda, que no me deja solo ni de noche ni de día, había emigrado conmigo a
América, porque me dieron un susto de muerte, pero me dejaron con vida.
Desde entonces, estoy más que convencido de que la vida como un milagro
que no debemos desaprovechar ni un solo instante, y que cada vez que abrimos los
ojos para ver la luz del día, nos regalan una oportunidad de volver a nacer. Porque
nacer, decía el poeta chileno Nicanor Parra, es algo que no se termina de hacer
nunca.
Al día siguiente de aquel incidente traumático, decidí que ninguna escopeta
recortada iba a aniquilar mi sueño americano y, poco después, me fui a las
universidades del norte, donde finalmente terminé mis estudios y desarrollé mi
vida profesional, un emigrante más en el extraordinario tapiz de la emigración de
EE.UU.
En el Departamento de Lenguas Modernas donde trabajé 33 años, llegamos
a coincidir profesores de 20 países, cada uno y cada una con su historia de lucha y
supervivencia. El caso de Lidia, la profesora polaca que daba clases de ruso, nos
llamaba a todos la atención, porque de Polonia, tras la Segunda Guerra Mundial,
siendo todavía una niña, fue llevada como prisionera a un campo de concentración
de la Unión Soviética, y en vez de refugiarse en la pena de su doloroso pasado,
aprendió la lengua de sus torturadores y se convirtió en profesora de ruso. “Si la
vida te da limones”, decía, “haz limonada”. Siempre hay en el mundo alguien que
lo ha pasado peor que tú y te demuestra que no hay razón para dejar de cantar a la
vida.
Por esta razón, cuando llegó la hora de escribir mi tesis doctoral elegí un
libro de Jorge Guillén que se titula Cántico, porque, a pesar de las piedras que a
veces obstaculizan nuestro camino, la vida no deja de ser un canto a la belleza que
nos rodea. No hay más que contemplar estas montañas, escuchar el canto de los
pájaros al amanecer y respirar este aire nuestro de La Peña para exclamar con el
poeta que el mundo está bien hecho, y que somos los humanos los que rompemos
la armonía del universo con nuestro odio y nuestra violencia.
No os voy a aburrir con un ensayo sobre las maravillas poéticas que abundan
en el libro, pero hay un verso corto que quiero compartir con vosotros antes de
cerrar este pregón: “Cima de la delicia”, exclama el poeta al sentir el gozo vital y
contemplar la realidad en su máximo esplendor. Cima de la delicia quisiera yo que
exclamáramos cuando alguien nos pregunte por esos momentos en que
compartimos con nuestros vecinos, familiares y amigos una comida, un paseo al
atardecer, estas fiestas de San Jerónimo. Porque amar es compartir, y no hay cima
de la delicia más alta que el amor.
Y ya termino este discurso dando de nuevo las gracias a todos los que han
trabajado para regalarnos este y cada uno de los momentos que se anuncian en el
programa de estas fiestas.
Y gracias a vosotros y a vosotras, por vuestra presencia y vuestra compañía.
Y como me ha dicho Silvia que un pregón puede ser lo que quiera el
pregonero, pero que no pueden faltar los vivas, pues os propongo los vivas
siguientes:
¿Estáis listos para gritar con ganas?
Viva la selección española de fútbol
Viva Santibáñez y los pueblos de la Peña
Viva San Jerónimo